Un taxi en la noche

La ciudad estaba envuelta  por una neblina que parecía abarcarlo todo. Un cielo semicaído, casas veladas, y un único taxi disponible con el vidrio empañado. Pura soledad.

Al subir, el pibe sonrió – hola dijo- No hubo respuesta

No tenés apuro, agregó el taxista.

Ja, qué gentil, gracias por preocuparse en que llegue a tiempo.

¿Sos tonto o te haces pibe? ¿A dónde te llevo?

Disculpe es que estoy solo.

No sos el único, más que solo parecés sordo o bobo. Me vas a decir a dónde vamos o te bajo.

Me da un poco de vergüenza, ja, voy al City Center.

El pibe estaba pálido con la vista pegada al vidrio donde dibujaba figuras que se confundían con las de afuera. Árboles frescos. Hojas enredadas. Humo pegado en los labios. Y él como queriendo recordar a cámara lenta aquellas hojas que le encantaba olerlas crujir cada vez que corría en medio de ese parque de ramas complacientes a las que tantas veces imaginó como el sendero por el que caminaba con su otro yo.

¿Tiene hora?

¿Ni reloj tenés pibe?

Ja, tiene razón. Se lo dejé a mi abuela. ¿Sabe?  Ella se fue hace un mes y estoy solo.

El pibe le miró la nuca con ganas de que el taxista  lo escuchara, se imaginaba contándole todo. El rostro encendido. Un puntito en la noche. Le pidió fuego aunque no fumaba, sólo para sentir que alguien podía tocarlo.

Sacó del bolsillo el pucho que compró suelto para un conocido del barrio. Quería sorprenderlo. El taxista con veinte años de calle le dijo-pibe vos no fumas-

Es que estoy solo.

No sos el único pibe. Llevo años arriba de éste taxi apretando el volante cada vez más sucio. El otro día subieron tres pibas. Una gordita, con ojos enormes y las otras dos borrachas. La gordita, seria, les pedía que no contaran nada y las otras dos, empezaron a manosearse a punto tal que me dieron ganas.

¿Me estás escuchando pibe?

¿Eh? Si, si señor.

Che pibe me esperás un minuto que bajo así busco a la Moni y seguimos?

El pibe pálido, con vidrios en sus ojos como si salieran de  la puerta para entrar en él. Quieto. Como el taxi. Eran dos en el mismo lugar. Miró para afuera cuando de pronto sintió un ruido que parecía tocarle el hambre.

Era la Moni que subía.

Vos te crees que sos el único le decía la Moni al taxista. Y agregó. Vino el Cholo. El taxista ponía cara de no me importa y la Moni parecía engordar la rabia. En un momento no pudo más y le gritó, estúpidooo.

Se siente bien señora le preguntó el pibe mientras la Moni se acomodaba los auriculares del celular y se conectaba a facebook.

El pibe se quedó quietito y con un  grito de la Moni le cambió el color. Está en el chat dijo la Moni  y el taxista giró el volante como para tirarla del auto. Ella contenta repetía, si, dale.

Qué gracioso pensó el pibe y se tapó la boca con la mano mientras pensaba- me gustaría poder contarle que estoy solo, pero se calló y siguió pensando. Qué lindo, ella se ríe tanto que me da pena decirle que los del chat no existen.

El taxista la miraba a la Moni y de reojo por el espejo retrovisor al pibe.

¿Por qué te tapas la boca boludo?

Ja. Disculpe me vino tos y no quería salpicar a la señora. ¿Quiere que le cuente? Estoy solo.

Che Moni ese chat de facebook te va a volver más loca de lo que estás.

La Moni nada. El pibe menos.

¿A qué vas al City Center pibe?

Es quee

Moni cortala. Dejá de reírte. Si chocamos la chapa vas a ser vos.

El pibe hizo un movimiento con la mano para calmar al taxista y la Moni pensó que lo quería robar. Se dio vuelta y le raspó la cara con la pintura de uñas. El pibe largó dos o tres gotas de sangre. Ella nada. Y él se disculpó por ensuciar el auto. Inclinó las pestañas para afuera envuelto en la neblina mientras se filtraba la chispa del encendedor con la que un flaco le daba fuego al pelado mientras se fumaban el último fasito.

Alargó el cuello como para tocarlos, bajó el vidrio y estiró la mano ofreciendo el puchito que había comprado.

Sos loco pibe, te van a dejar sin dedos.

Es que estoy solo.

Imagino que traerás bastante, con poca guita en el casino ni media hora, eh?

No vine a jugar. Fue muy lindo todo, gracias, el viaje me hizo sentir lleno de amigos.

Mientras pronunciaba  la palabra amigos por alguna extraña razón pensó en su abuela que en sus delirios decía que era la Muchacha  Punk  y la imaginó poseída por Fogwill  discutiendo con el taxista  diciéndole   que era “un piojoso sucio y mal oliente”. Pero el pibe  odiaba a Fogwill  porque las manos de su abuela parecían haberse fundido con el libro de la Muchacha Punk  y olvidarse de él. Tanto lo odiaba que la única manera de soportar sus pensamientos era volverse el otro. Ese otro que lo acompañaba cuando su abuela hacia el amor con Fogwill. Fue entonces cuando abrió la ventanilla y se imaginó que la neblina se volvía  nieve y dentro de ella estaban  Chejov con Yona  y  un caballo que le daba latigazos a Yonahasta dejarlo tendido en medio de algo parecido a un bosque. Caminaba  y murmuraba, hay que entrenarse para ver belleza por todas partes cuando de pronto y frente a él la imagen nítida de Abrámtsevo que comenzaba a perderse en un largo sendero serpenteante entre abedules y pinos, barrancas  y puentes tambaleantes que lo metían nuevamente en si mismo.

Pibe, te repito sin guita estás al horno.

Es que estoy solo.

Cortala con eso de que estás solo boludo! Llegamos, son 30 pesos. Ticket no tengo.

El pibe parpadeo, saludó pero nadie le respondió. Era como si siguiera en la Siberia, ese lugar al que todos te mandan cuando te pretenden expulsar del planeta.

Al bajar del taxi pensó que le hubiera gustado entrar al casino. Lo imaginaba lleno de gente, que lo tocaban  al pasar, pero sabía que eso era imposible.

Caminó lento con una sonrisa pálida y se arrodilló al lado del único perro que le movía la cola. Qué te pasó le preguntó el pibe al perro. Estás todo mojado, flaco y no parás de temblar.  Hace menos de una semana que no vengo y ya estás así. ¿Me extrañaste?¿Por qué no comiste? El perro levantó el hocico y le respondió dándole una larga lamida en la cara. Era un siberiano y se llamaba Savva Mámontov.

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En una librería todo puede pasar

La encontró después de muchos años en una librería. Su mano algo temblorosa parecía sostener un triste manual de autoayuda. Dudó. Quizás no fuera ella, no podía serlo. Aunque de ser así debería invitarla a tomar un té pensó. Se sentía no tanto sorprendido como lejos. La recordaba como en una foto de aquellos años. Muy garbosa, esbelta, con la magnificencia de lo prohibido. Gentil y casi envuelta por un aura mística. No eran tan jovencitos y ella ya conocía a Nietzsche como si fuera su hermano. Y no por casualidad. Su padre era un pastor luterano que pensaba que sus hijos debían acercarse a la filosofía de la mano del hijo de otro pastor. Quien mejor que Nietzsche en ese caso cuyo padre también lo era.

Quería, deseaba aproximarse y dejar de lado eso que le provocaba verla, ya habían pasado años pero aun así se sentía un minusválido frente a la suposición de haberla encontrado. Caminó entre los libros sofocado buscando el que le daría la gran oportunidad. Lo encontró. Tapa dura. Impactante. Leyó dos o tres frases que trató de memorizar tales como ““El verdadero hombre quiere dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer: el más peligroso de los juegos” (Así hablaba Zarathustra). Y perfiló hacia ella con el libro bajo el brazo dejando adrede deslizar su título.

Tuve que haberle hecho caso a Enoc Muñoz pensó, no en todo, en algunas partes como cuando dice  “ahora que hemos leído el mismo libro tal vez nos parezcamos un poco más”.  No sé si hubiera sido apropiado pensar como él que “de una mirada a otra hay toda la noche del mundo”, pero me hubiera ayudado bastante, de eso estoy casi seguro.

Podría haberme dedicado a ser escritor y no contador público sólo para romper el mito. Ese mito de que todos los escritores tienen que ser seres raros como salidos de una probeta. Soñadores de bolsillo o burgueses mantenidos que se retiran a una isla de las Cícladas para impregnarse el alma, sino gente común que transpira la vida en el caso que deseara caminar por las callejuelas de la fértil  Naxos y disfrutar de unas buenas patatas con aceite de oliva y frutos frescos del mediterráneo. Tan comunes que ahorrarían sus gotas de sudor para arriesgarse a quedar atrapados por los vientos fuertes de Naxos sin poder visitar Santorini o Miconos.Pero no lo hice y estoy acá mirando la sombra de Pepa que sigue temblando en mi temblor, como cuando me enteré que su hermano había muerto.

– ¿Hola Pepa, te acordás de mí? Soy Ignacio el que te ayudaba con las tareas de contabilidad que tanto te angustiaban. No he cambiado demasiado Pepa, soy Contador Público pero ahora leo a Nietzsche, lo ves, acá tengo su libro.

– Hola Ignacio creo que me confunde, no soy Pepa y jamás leí a Nietzsche, capaz algún empleado lo pueda orientar en lo que está buscando.

Él se dio cuenta que ella lo recordaba, pero el tiempo había cambiado todo, ya no leía al hijo del pastor luterano y quizás el temblor fuera ocasionado por el oneroso costo del libro de cocina que llevaba entre sus manos, bellas, como siempre. Y prefirió callar confirmando la sentencia de Enoc “tal vez ahora hablemos de la misma ausencia, del mismo libro que nos separa”  Y supo que aunque uno los vuelva a hojear párpado a párpado, los libros son siempre peligrosos.

 

AAA

Que la verdadera catástrofe es existencial y metafísica

a-nos-amisExtracto de A nuestros amigos (Comité invisible, 2014), recuperado del portal anarco-insurreccionista Tiqqunim.


Las épocas son orgullosas. Cada una pretende ser única. El orgullo de la nuestra es el haber realizado la colisión histórica de una crisis ecológica planetaria, una crisis política generalizada de las democracias y una inexorable crisis energética, todo ello coronado por una crisis económica mundial rampante, aunque “sin equivalentes desde hace un siglo”. Y esto halaga, esto agudiza, nuestro deleite de vivir una época como ninguna otra. Basta con abrir los periódicos de los años 1970, con leer el informe del Club de Roma sobre los Límites del crecimiento de 1972, el artículo del cibernético Gregory Bateson sobre “Las raíces de la crisis ecológica” de marzo de 1970, o bien La crisis de la democracia publicada en 1975 por la Comisión Trilateral, para constatar que, al menos desde los comienzos de los años 1970, vivimos bajo la sombra del astro oscuro de la crisis integral. Un texto de 1972 como Apocalipsis y revolución de Giorgio Cesarano lo analizaba ya con lucidez. Así pues, si el séptimo sello fue levantado en un momento preciso, esto no data del día de ayer.

A finales de 2012, el oficialísimo Center for Disease Control estadounidense difundía, para variar, una historieta gráfica. Su título: Preparedness 101: Zombie apocalypse. La idea aquí era simple: la población debe estar lista para toda eventualidad, una catástrofe nuclear o natural, una avería generalizada del sistema o una insurrección. El documento concluía así: “Si usted está preparado para un apocalipsis zombi, está preparado para cualquier situación de emergencia.” La figura del zombi proviene de la cultura vudú haitiana. En el cine estadounidense, las masas de zombis sublevados sirven crónicamente como alegoría de la amenaza de una insurrección generalizada del proletariado negro. Es pues sin duda para eso para lo que hay que estar preparado. Ahora que ya no existe una amenaza soviética que esgrimir para asegurar la cohesión psicótica de los ciudadanos, todo es bueno para hacer que la población esté preparada para defenderse, es decir, para defender el sistema. Mantener un espanto sin fin para prevenir un fin espantoso.

Toda la falsa consciencia occidental se encuentra resumida en ese comic oficial. Es evidente que los verdaderos muertos vivientes son los pequeñoburgueses de los suburbs estadounidenses. Es evidente que la mera preocupación por sobrevivir, la angustia económica por carecer de todo o el sentimiento de una forma de vida propiamente insoportable no es lo que vendrá después de la catástrofe, sino aquello que anima ya el desesperado struggle for life de cada individuo bajo un régimen neoliberal. La vida menoscaba no es aquello que nos amenaza, sino aquello que ya está ahí, cotidianamente. Todos lo ven, todos lo saben, todos lo sienten. Los Walking Dead son los salary men. Si esta época enloquece por unas escenificaciones apocalípticas, que ocupan buena parte de la producción cinematográfica, esto no es solamente por el goce estético que este género de distracción autoriza. Por lo demás, el Apocalipsis de Juan cuenta ya con todo lo que tiene cualquier fantasmagoría hollywoodense, con sus ataques aéreos de ángeles desbocados, sus inenarrables diluvios, sus espectaculares plagas. Nada salvo la destrucción universal, la muerte de todo, puede procurar al empleado urbanizado el remoto sentimiento de estar con vida, él que es de entre todos el menos vivo. “¡Que ya se acabe!” y “¡ojalá que dure!” son los dos suspiros que arroja alternativamente un mismo desamparo civilizado. Un viejo gusto calvinista por la mortificación se entremezcla con esto: la vida es un aplazamiento, nunca una plenitud. No se ha hablado en vano de “nihilismo europeo”. Se trata, además, de un artículo que ha sido tan bien exportado que el mundo ya se encuentra saturado de él. De hecho, más que “globalización neoliberal”, hemos primeramente tenido la mundialización del nihilismo.

En 2007 escribimos que “lo que nos hace frente no es la crisis de una sociedad, sino la extinción de una civilización”. En aquel momento, este género de declaraciones te hacía pasar por un iluminado. Pero “la crisis” ha pasado por ahí. Incluso ATTAC se atreve a hablar de una “crisis de civilización” — y con eso está todo dicho. Más interesante es lo que escribía, en otoño de 2013 en el New York Times, un veterano estadounidense de la guerra de Irak que se volvió asesor en “estrategia”: “Hoy, cuando miro en el futuro, veo el mar asolando el sur de Manhattan. Veo motines por el hambre, huracanes y refugiados climáticos. Veo a los soldados del 82avoregimiento disparando a saqueadores. Veo averías eléctricas generales, puertos devastados, los desechos de Fukushima y epidemias. Veo Bagdad. Veo las Rockaways sumergidas. Veo un mundo extraño y precario. […] El problema que plantea el cambio climático no es el de saber cómo es que el departamento de Defensa va a prepararse para las guerras por los recursos, o cómo tendríamos que levantar diques para proteger Alphabet City, o cuándo evacuaremos Hoboken. Y el problema no se resolverá con la compra de un coche híbrido, la firma de tratados o apagando el aire acondicionado. El mayor problema es filosófico, se trata de comprender que nuestra civilización está muerta ya.” Tras la Primera Guerra Mundial, la civilización sólo se seguía haciendo llamar “mortal”; y lo era innegablemente, en todos los sentidos del término.

En realidad, hace ya un siglo que el diagnóstico clínico del fin de la civilización occidental fue establecido, y ratificado por los acontecimientos. Disertar en esa dirección sólo ha sido desde entonces una manera de distraerse del asunto. Pero es principalmente una manera de distraerse de la catástrofe que está ahí, y desde hace largo tiempo, de la catástrofe que somos nosotros, de la catástrofe que es Occidente. Esta catástrofe es en primer lugar existencial, afectiva, metafísica. Reside en la increíble extrañeza ante el mundo por parte del hombre occidental, la misma que exige, por ejemplo, que el hombre se vuelva amo y poseedor de la naturaleza — no se busca dominar sino aquello que se teme. No es por casualidad que éste haya puesto tantas barreras entre él y el mundo. Al sustraerse de lo existente, el hombre occidental lo ha convertido en esta extensión desolada, esta nada sombría, hostil, mecánica y absurda que debe trastornar sin cesar por medio de su trabajo, por medio de un activismo canceroso, por medio de una histérica agitación de superficie. Arrojado sin tregua de la euforia al estupor y del estupor a la euforia, intenta remediar su ausencia en el mundo con toda una acumulación de especializaciones, de prótesis, de relaciones, con todo un montón de chatarra tecnológica al fin y al cabo decepcionante. De manera cada vez más visible, él es ese existencialista superequipado que no para hasta que lo ha ingeniado y recreado todo, al ser incapaz de padecer una realidad que, por todas partes, lo supera. “Para un hombre —admitía sin ambages el imbécil de Camus— comprender el mundo consiste en reducirlo a lo humano, en marcarlo con su sello.” El hombre occidental intenta vanamente reencantar su divorcio con la existencia, consigo mismo, con “los otros” —¡vaya infierno!—, denominándolo su “libertad”, cuando esto no es sino a costa de fiestas deprimentes, de distracciones débiles o por medio del empleo masivo de drogas. La vida está efectivamente, afectivamente, ausente para él, pues la vida le repugna; en el fondo, le da nauseas. Es de todo aquello que lo real contiene de inestable, de irreductible, de palpable, de corporal, de pesado, de calor y de fatiga, de lo que ha conseguido protegerse arrojándolo al plano ideal, visual, distante, digitalizado, sin fricción ni lágrimas, sin muerte ni olor, de Internet.

La mentira de toda la apocalíptica occidental consiste en arrojar al mundo el duelo que nosotros no podemos rendirle. No es el mundo el que está perdido, somos nosotros los que hemos perdido el mundo y lo perdemos incesantemente; no es él el que pronto se acabará, somos nosotros los que estamos acabados, amputados, atrincherados, somos nosotros los que rechazamos de manera alucinatoria el contacto vital con lo real. La crisis no es económica, ecológica o política, la crisis es primeramente de la presencia. Tanto es así que el must de la mercancía —típicamente el iPhone y la Hummer— consiste en un sofisticado equipamiento de la ausencia. Por un lado, el iPhone concentra en un solo objeto todos los accesos posibles al mundo y a los demás; es la lámpara y la cámara fotográfica, el nivel de albañil y el estudio de grabación del músico, la tele y la brújula, el guía turístico y los medios para comunicarse; por el otro, es la prótesis que barre con cualquier disponibilidad a lo que está ahí y que me fija en un régimen de semipresencia constante, cómoda, que retiene en sí misma y en todo momento una parte de mi estar-ahí. Recientemente incluso fue lanzada una aplicación para smartphone que supuestamente remedia el hecho de que “nuestra conexión 24/7 al mundo digital nos desconecta del mundo real a nuestro alrededor”. Se llama alegremente GPS for the Soul. En cuanto a la Hummer, se trata de la posibilidad de transportar mi burbuja autista, mi impermeabilidad a todo, incluso a los rincones más inaccesibles de “la naturaleza”; y de volver intacto de ellos. El hecho de que Google anuncie la “lucha contra la muerte” como el nuevo horizonte industrial, dice bastante de cuánto se equivoca uno acerca de qué es la vida.

A un paso de su demencia, el Hombre incluso se ha proclamado una “fuerza geológica”; ha llegado hasta a darle el nombre de su especie a una fase de la vida del planeta: ha comenzado a hablar de “antropoceno”. Una última vez, se atribuye el rol principal incluso acusándose de haberlo destrozado todo —los mares, los cielos, los suelos y los subsuelos—, incluso golpeándose el pecho por la extinción sin precedentes de las especies vegetales y animales. Pero lo más destacable es que, produciéndose el desastre por su propia relación desastrosa con el mundo, él se relaciona siempre con el desastre de la misma desastrosa manera. Calcula la velocidad a la que desaparecen las masas de hielo flotante. Mide la exterminación de las formas de vida no humanas. No habla del cambio climático desde su experiencia sensible: tal pájaro que ya no vuelve en el mismo período del año, tal insecto cuyas estridulaciones ya no se escuchan, tal planta que ya no florece al mismo tiempo que tal otra. Habla de todo esto con cifras, promedios, científicamente. Piensa que ha dicho algo crucial al haber establecido que la temperatura va a elevarse tantos grados y que las precipitaciones van a disminuir tantos milímetros. Habla incluso de “biodiversidad”. Observa la rarefacción de la vida terrestre desde el espacio. Lleno de orgullo, pretende ahora, paternalmente, “proteger el medio ambiente”, que no le ha pedido tanto. Hay muchos motivos para creer que aquí reside su última huida hacia adelante.

El desastre objetivo nos sirve en primer lugar para ocultar otra devastación, aún más evidente y masiva. El agotamiento de los recursos naturales está probablemente bastante menos avanzado que el agotamiento de los recursos subjetivos, de los recursos vitales, que afecta a nuestros contemporáneos. Si tanto se complacen detallando la devastación del medio ambiente, es también para velar la aterradora ruina de las interioridades. Cada derrame de petróleo, cada llanura estéril y cada extinción de una especie es una imagen de nuestras almas harapientas, un reflejo de nuestra ausencia en el mundo, de nuestra íntima impotencia para habitarlo. Fukushima ofrece el espectáculo de este perfecto fracaso del hombre y de su dominio que no engendra más que ruinas — y esas llanuras japonesas intactas en apariencia, pero donde nadie podrá vivir por decenas de años. Una descomposición interminable que acaba haciendo inhabitable el mundo: Occidente terminará por pedir prestado su modo de existencia a aquello que más teme — el desecho radioactivo.

Cuando se le pregunta a la izquierda de la izquierda en qué consistiría la revolución, se apresura a responder: “Poner lo humano en el centro”. De lo que no se da cuenta, esa izquierda, es de en qué medida el mundo está cansado de la humanidad, de en qué medida nosotros estamos cansados de la humanidad — esa especie que se ha creído la joya de la creación, que se ha estimado con total derecho a devastarlo todo, puesto que todo le correspondía. “Poner lo humano en el centro” fue el proyecto occidental. Ya sabemos a dónde ha llevado. Ha llegado el momento de abandonar el barco, de traicionar a la especie. No existe ninguna gran familia humana que existiría de manera separada de cada uno de los mundos, de cada uno de los universos familiares, de cada una de las formas de vida que siembran la tierra. No existe ninguna humanidad, sólo existen terrestres y sus enemigos — los occidentales, sea cual sea su color de piel. Nosotros, revolucionarios, con nuestro humanismo atávico, haríamos bien en fijarnos en los levantamientos ininterrumpidos de los pueblos indígenas de América Central y América del Sur durante estos últimos veinte años. Su consigna podría ser: “Poner la tierra en el centro”. Se trata de una declaración de guerra al Hombre. Declararle la guerra: ésa podría ser una buena manera de hacerle volver sobre tierra, si no se hiciera el sordo, como siempre.

 

Soñé que te soñaba

No sé cuanto tiempo mi sueño se lleno de vos. Me veía soñándote, en un estado muy parecido a la felicidad. A cámara lenta. Te sentía sin tocarte, sólo deseando rozar tu aroma. Qué caleidoscopio maravilloso, me costaba armarlo pero era el deseo en su más puro estado (deseaba desearte). Sin música de fondo ni medianeras me acerqué a tus latidos. No puse excusas y grité, quiero estar cerca. Y llegó, ese sonido detestable de la mañana, la alarma del celular que ni siquiera me acariciaba un buen día.
Me quedé un ratito pensando en que te olvidaba. Y arriba. Pero te volví a encontrar mientras me vestía, en tu remera, y supe qué habías dejado tus ojos mirándome.

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palabras olvidadas

Dejé

un par de palabras

en el sin espacio

de tu cuello a mi lengua

descendí

hasta el fondo de mi sed

y murmurabas sales

sahumerios

saltamontes

sin sentidos

hicimos noche

de día cielo

en las sin migas del pan

ahuecado viernes

avenados

en vasos llenos de vos

vacíos de mi

por dentro mío

buscando palabras

descubriendo un no sé

de lejos

de hamacas

enfrente

desenfrenados

y recordé

lo que dije

ahuecada

por otro vos

con tu voz

y subí conmigo

a buscar

ese par de palabras

agolpadas

fusionadas

irrumpiendo

fueintenso

ya no estabas

y pensé

sábado terso

que me sabe a domingo

por el modo inusual

con el que filtra su luz

en mis retina

¿Habrá WhatsApp en el cielo?

Siempre que recuerdo las siestas domingueras de mi infancia me interrogo sobre mi hermano. Ella dice que estaba en casa. No sé: pero teniendo en cuenta que mi madre es de las que exageran la verdad no me queda más remedio que creerle. Que no naciera por parto vaginal me concedió – según dijo su obstetra- la llegada al mundo con cierta placidez complaciente. El parto de mi madre, aunque de distintas perspectivas, fue también el mío, y, creo, que fue el momento de mayor coincidencia en nuestras vidas.

Mi hermano y yo, soltábamos alegría anticipada al escuchar el ruido de llaves al llegar mi padre. Era nuestra cajita de música. Cinco de la tarde sin five o clock pero con el pecho ensanchado. Hora en que mi hermano dejaba de ser un ausente para ser  uno más de la comitiva lista para dar, la que mi papá llamaba, la vuelta al perro. Después supe que la vuelta era realmente de perros.

A los 10 años ni siquiera pensaba en leer y menos en escribir. En casa no sobraban libros pero había los suficientes como para plagiarlos. No quise, aun cuando mi madre me decía: vos naciste para escribir y me arrancaba las hojas con faltas de ortografía. Ella no cesaba de suponer que todos podrían superar la posibilidad de lo imposible. Fue maestra hasta que se jubiló después de la muerte de mi padre.

Ordenar el ruido de llaves de mí padre, el parto complaciente y la ausencia de mi hermanito en un diario íntimo me hubiera dado la posibilidad de armar la mitad de un puzzle que rehusé escribir como único intento de contrariar a mi madre y eludir la muerte de mi padre.

Quizás nada de esto haya sido real, pero sucedió en mi mente: lugar en el que más se habita la infancia. Nunca estuve tan cerca de mí sin saberlo. Hoy: voy y vuelvo. Atrás adelante,  adelante atrás.  He creado puertas vaivén imaginarias que oxigenan el fluyo de todas mis emociones. No las escruto. No ahogan. No morirán, ni yo con ellas. Lo único que podría matarme es la indiferencia entre la vida y la muerte, que el puente se rompa y que todo de igual, de eso quiero escribir.

Necesito tensión de acordeón. Musical, sí, musical. De Piazzola -un Adiós Nonino- acordeón que se repliegue en acordes que acarician mejillas o entrelazar dedos para luego estirarse y liberar la angustia de que la proximidad casi siempre se vuelva a escapar. De eso también quiero escribir.

Mi madre tiene una larga historia clínica, no tan larga como sus setenta y ocho años, la clínica ha empeorado, y, aunque su historia viaja, ella, casi no puede caminar ¿Cuándo ya no esté se le cumplirá el deseo de la hija escribiente? ¿A qué hora mis ojos perderán el brillo? ¿Cuánto durarán las lágrimas? ¿Será su partida un buen motivo para escribirle? Quién sabe, tal vez me apropie de su deseo y escriba con la promesa de no ventilar nuestras historias a los que según ella podrían usufructuarla ¿Podrían? Francois Troufaut en “Los 400 golpes me diría: miento de vez en cuando, supongo. A veces digo la verdad y no me creen, así que prefiero mentir.” Escribir, quizás, sea aflojar la tensión entre mentira y verdad para decir algo.

Si dijera algo ¿podría mi madre contar en su historia que está amando sin que eso vaya a parar a su historia clínica? Ella ama amar, sobre todo a mí y a mi hermano, sea reservado doctor.

¿Si le cuento que soy pediatra me creerá que nunca me preguntaron para qué quise serlo? Doctor, mi madre se está muriendo y lo murmura con pudor a diario, siempre ha sido fuerte pero sabe que no es fácil seguirlo siendo. La felicidad a su edad es siempre dudosa. No quiero que juegue al pare de sufrir para ser la cómica que el mundo del éxito necesita. La amo. Sus manos no tiemblan pero su riñón no sabe leer y claudica. Doctor, ella no teme morir, desea vivir, y yo no puedo escribir su certificado de defunción aunque sepa hacerlo ¿Entiende? ¿Entenderán?

Nuestros sucesos siempre transcurrieron entre palabra y palabra y es allí donde quiero estar, con tu muerte será igual mamá. Pocas palabras para contarte que sólo existo de manera genuina entre palabras. Entre líneas. Entre comillas. Entre tiempo. Entretenida.

Anoche soñé que conseguía para vos esas pantuflas térmicas y no te dije, cuando lo haga besaré por escrito cada palabra sin que me den poder. Escribir en la era 3.0 se ha vuelto un espectáculo, tu muerte no lo será ¿Habrá WhatsApp en el cielo?

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Enloquecer

Ella gritaba para que no le roben el silencio
Él también
Ellas y ellos a veces
Algunos/ decían/ no hacían
Otros/ hacían/ sin decir
Nada era lo que parecía no ser
Muchos lo sabían
Fingían no creer
Ella gritaba
Él también
Hoy supimos:
No por aquellos/amigos/ de enemigos
que cualquiera puede enloquecer.
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Viceversa

Cada tanto sucede algo que no modifica nada a nadie. Lo cierto es que cuando Rita me llamó no pude dar significado a su relato. El ritmo que toman los hechos cuando se tornan dignos de ser contados requieren de varios tiempos. Los psicólogos pos racionalistas dirían que vivimos todo en dos etapas, la experiencia inmediata y la mediata, en términos comunes: que te baje la ficha.

Parece que no podemos apresurar la ficha, explicación que no me sirve para quitarme la culpa frente al llamado de Rita. Ella viviendo a ritmo vertiginoso y yo en mi túnel. Hoy, que puedo contarlo, quizás ya no sea lo que fue y sólo tenga que recurrir a algunas evocaciones inútiles que algún lector entrenado gustará de atesorar, quien sabe.

La noche que Rita me llamó sonaba mi cajita de música que se mezclaba con su voz. Hoy ya no la escucho y tal vez ella tampoco pueda leerme. De ser así el mail en que Joaquín me pide que le narre lo sucedido con Rita sólo tenga por respuesta una suma de letras con agujeros sin que él pueda entender los vacíos que contienen. Vacío, puro vació.

Antes de escribirle a Joaquín recordé que Rita una vez me mostró un mapa donde su familia marcaba con círculos rojos aquellos lugares donde habían tenido reuniones felices. Pensé que tal vez Rita se hubiera marchado a recorrer esos puntos rojos sin avisarnos.

A lo largo del día, escudriñé calles y callejuelas de Sicilia, anduve con desenvoltura. No me agobiaba caminar así, en un mapa, tal vez porque siempre tuve la vaga sensación de ser yo también el mapa de otras personas.

No pude dormir pensando en la ausencia de Rita. Apagué prendí apagué y prendí el televisor sólo para ver caras, porque el sonido imposible escucharlo, mis vecinos habían decidido festejar su primer año de insana convivencia. (Pensamiento prestado de mi vecina).

Decidí llamar a Rodrigo, me atendió el contestador. Pero quizás no encontrarlo fue lo mejor, Rodrigo sabría que yo telefoneaba para nada, telefoneaba tan sólo para oír su voz. Aun así, al rato llamé de nuevo, en vano, seguramente había salido con su hermana, le  dejé mi número en el contestador y me quedé un tiempo más pensando en él, creí que no volvería a dormir nunca más en mi vida. Rodrigo no era más que un recuerdo. Significativo, pero recuerdo al fin.

Pensar en tener que escribirle a Joaquín sin saber que decirle prolongaba la I de insomnio, un intervalo poco común en mí. Algo nuevo, un insomnio prestado. Sentí como las gotas de lluvia golpeteaban en el vidrio de mi ventana y dejaba filtrar el lamento de un perro en la lejanía. Noche emperrunada si las hay, era ésta.

Muchas veces me hablaron del estado alfa, ese sopor que va de la vigilia al sueño profundo. ¿Sería éste un estado alfa? Intentar averiguarlo no haría más que prolongar la incipiente experiencia de un largo insomnio.

Apagué la luz y me di cuenta que estaba bañada por una  lluvia niña. Una lluvia lejana. Si al menos hubiera podido dejar de escribir mis pensamientos en el aire y levantarme a tomar notas de esas frases sueltas e inconexas todo se hubiera apaciguado, pero no pude, sólo atiné a poner en modo grabar el celular, solte un par de palabras y espere la mañana sin el llanto del perro a la distancia.

Hay cosas que no se cuentan, pensé, mientras intentaba grabarme, son tan ridículas que tener que editarlas se convierten en una gran pesadilla diurna. Me siguió rondando la idea del ridículo un rato largo mientras el rubor recorría mis cabellos. Comencé a juguetear con ellos mientras me acariciaba el lóbulo de la oreja. Un espacio frugal para los amantes, una libido que me emputecía los verbos. Duplicaba mi deseo, no por abundante sino por confuso. Ya comenzaba a amanecer cuando descubrí que todo el insomnio no era más que un intento frustro por no olvidar ni una sola de mis anteriores noches perras. Esas en las que juntaba besos y palabras no pronunciadas a mis amores perdidos para guardarlas en la cajita de música.

¿La soledad me ruboriza, o estoy escuchando un jadeo matinal que entra por la ventana? El perro ha dejado de ladrar, y ella, la del jadeo con ganas de fingir, puf, es real, si no supiera que vive con ese flaco insípido que tanto critica, me resultaría más creíble ese gemido. Quisiera prolongar mi insomnio sólo para darme el gusto de escuchar alguna vez un exagerado jadeo masculino. Esperé en vano, sé muy bien que esas cosas no suceden. Sólo nosotras podemos ser tan caóticas, y ellos, tan lisos que con tal de salirse con la suya soportan el show. Sí, es show, y del barato, un ay cualquiera suelta, pero tantos es como disfrutar más de escucharse que de lograrlo. El perro fue más atinado, amo su instinto. Si lo encuentro en el ascensor voy a dejar que me salte.

Esa noche Joaquín no paro de llamar,  el contestador bramaba, fue tanto el ahogo que decidí mandarle un mail.

Hola Joaquín, hace tiempo leo sobre la histeria femenina, pero desde que te conocí confirmé que era un mito absurdo y no pude saber si yo era Rita o Rita es yo. Por las dudas y en caso que este mail no te llegue se lo voy a reenviar  a Rodrigo, quiero dejar constancia que la cajita de música es mía. Rita o yo, yo o Rita, vos sabrás.

Quizás Rita y yo no seamos las mismas pero a ninguna nos gusta que no sepan distinguir los sonidos. Pronto,  tan pronto como encuentre al perro me vuelvo a ir.

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De vacíos

Sé que querés echarme la culpa
merodear una y otra vez
rumiarme tus laberintos
desandarte dasandándome
atarte atándome
evocarme para evocarte
 
Sé que querés regodearte en mis dudas
apuntarme con el dedo que te hurga
deslizando tus no sé
para quitarme mis que sé yo
marcharte para liberarte de vos  
Encarcelarme
pero tu abismo no es mi abismo
tus culpas no son mías
ni las mías tuyas
 

que para encontrarme
tendrás que buscarte
allá, lejos
donde se esconde tu vacío.
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